Leyendo apresuradamente, entre el placer del vicio y el uso del desarmador que destripa lo gozado, encuentro unas líneas que me atrapan:

“Antes el ciervo era gente”, me decía Benito Chinchiquiti Hindemborgo, un maestro de la escuela machiguenga de Yomibato. Yo creo que quise ir a Yomibato sólo por oír y entender eso.

Me parece que eso es el viaje, un hallazgo ajeno a las espectativas, unas palabras inaugurales, un objeto del que negamos forma y nombre, un estar a pesar de todo.